Crónicas de Serendipity

Noroeste de Serendipity


¡Vaya eso si que es una sorpresa, lo encontraste! — Überiem aplaudió con sus manos largas y envejecidas.


Había enviado a su hermano Velitius a buscar La Escarlata de fuego, el pergamino piromántico que había rescatado del alquimista Emetèrico. Durante años, el astuto erudito lo había escondido en las profundidades del bosque Nébula.


—Tráemelo aquí. Él dio un paso hasta a un enorme pedrusco que servía de mesa.


El Trinitario mayor desenrolló el pergamino, un pergamino seco que se asemejaba mucho a su piel, pero lleno de secretos.


¡Ah, La Escarlata de fuego! —exclamó con mucha emoción. Estos hechizos pirománticos son las únicas llamas que dan poder para vencer a los Abominables. Sus llamas flameantes son muy poderosas.


—Recuerdo este pergamino —dijo Börte —. Escuché al alquimista conjurar con esas tecnicas hace más de tres años. Creo que estaban dirigidas a Usküdar, pues le daba una demostración de sus habilidades para enfrentar a los Cazadores de U'zhul.


Überiem habló largo y tendido acerca del reino Serendipity y le contó cómo habían aprovechado el poder del pergamino para fundar y defender su imperio miles de años atrás. Nos hemos enfrentado a las bestias arácnidas, a las ratas crepusculares, a los sátiros verdes, ah, y una vez a las peligrosas Estirges cuando trataron de esclavizarnos a todos. 


La apacible tertulia fue interrumpida por Abäk, el tercer druida. 


¿No se sabe nada? 

No, nada aún. Pero nosotros apenas podríamos esperar enterarnos. 

Quizá si enviamos un pequeño grupo a las montañas, en nuestros caballos más veloces. Ellos podrían necesitar nuestra ayuda.


Überiem sacudió la cabeza. 


No. Su tarea es peligrosa de verdad, pero la nuestra tiene primordial importancia. Debemos tener todo nuestro poder para protegernos de Antártika. Vamos a necesitar a cada hombre y elfo aquí con nosotros. Ahora, sobre todo, debemos preparar todas nuestras fuerzas. Nunca hemos luchado contra magia del hielo en batalla abierta, ejército contra los demonios de hielo. La perspectiva es atemorizante. No debilitaré nuestro círculo por enviar más de nuestra gente a una misión que no sabemos si tendrá éxito. 


Hubo un silencio, durante el cual Abäk se sentó en una gran piedra sobre la que se quedó inmóvil, contemplando las profundidades de aquella prisión subterránea, donde era imposible saber qué hora o día era. 

 

Lo sé, La situación actual no augura nada bueno.


Überiem esperaba la vuelta de la Libélula Flamante desde hacía varias jornadas. Poco faltaba para su llegada según los cálculos. Si no tuviera noticias de ellos en un tiempo prudencial, acudiría a Cayllea una druidesa gala con poderes semidivinos. La cueva pedregosa, donde el druida languidecía, se había convertido en su prisión, rodeada de varios metros de escarcha. La humedad y lo gélido estaban debilitando la magia del anciano druida.


La tríada Kildare estaba en un inminente peligro.  


—Tendrías que usar ropa más abrigada —dijo Velitius encogiéndose de hombros.


—¡Maldita sea Antártika! ¡Que Balar el rey de los infiernos persigan su alma por los confines del espacio! ¿Cómo pudo hacer lo que hizo? —exclamó Velitius. Maldiciendo entre dientes, dio la media vuelta y luego sopló con fuerza, intentando avivar las llamas de la chimenea rocosa.


Llevaban días muriéndose de impaciencia, no veían la hora en que Usküdar regresará con  los ojos púrpura del águila harpía. Las condiciones empeoraban, y la escasez de comida eran nefastas, las cabras y gallinas se morían congelados al no poder soportar el frío.


Durante un momento, un presentimiento oscuro y ominoso nubló la mente del anciano, que miraba al joven de soslayo. El druida de pelo cano no lograba determinarlo. En primer lugar ¿que hacia allí? Por extraño que pareciera, intuía una traición.  


¿Qué te pasa, Börte? Te has quedado muy pensativo.


Nada, todo bien. Por cierto… —pensó bien la pregunta —Fuera de estas cavernas, ¿hay… más triadas esparcidas por el reino?


Sus oyentes se miraron unos segundos.


— No. ¿Por qué lo preguntas?


— Simple curiosidad. contestó.


Sin embargo, no hizo más preguntas. Después de todo, estaba a unos pasos de averiguarlo por sí mismo. Gruñó frustrado, ¡debí hacerle caso a mi cerebro, hace años!, pensó.


El joven caballero sentía un inmenso recelo, porque el anciano solo le había enseñado a controlar la magia de algunas runas futhark. Necesitaba desesperadamente tener el control de todas, lo cual era imposible, ya que prácticamente era un "secreto", conocido solo por una élite de druidas élficos. Sus ojos azules contemplaron el pergamino. Aquel resplandor que salía significaba poder. Un poder que siempre había deseado y que los Trinitarios no le darían nunca. Allí también se conservaba la magia Dál Riata acumulada durante siglos; todas las traducciones, copias y pócimas del alquimista Emetèrico. 


En sus ojos brillaba el rencor y la ambición.


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