Crónicas de Serendipity

Velitius contemplaba a Überiem mientras practicaba su magia. Después, sintió un leve sobresalto al ver cómo las fascinantes esferas se abrían de par en par y, cómo éstas volaron en dirección al lado opuesto de la caverna. Justo entonces, los pequeños cristales redondos se hacían añicos y se convertían en polvo. Bucles de humo amarillento ascendían en espirales y la atmósfera se cargó con el hediondo olor a flores cadavéricas. Entonces los labios del druida hicieron el ademán de moverse y susurraron: ¡Amorphallus columnatuss!

Se quedaron asombrados de ver cómo las esferas retornaban del polvo, moldeándose y adoptando una forma concreta, hasta que durante un segundo se convertían en palabras legibles escritas en lenguas arcaicas.

—¡Ajá! ¡Aquí tengo lo que busco! —exclamó. —¿Qué clase de magia es esta? — —Es magia Säckler. Esta pertenece a los seis grandes pentagramas de artes mágicas. —Pensé que no existía nada similar —comentó con cierto tono de asombro. Überiem se había puesto tenso de repente, cerró el conjuro e instintivamente se acercó a Velitius, qué hizo lo mismo con su círculo y se quedó quieto.

—¿Qué ocurre? — Murmuró.

— Alguien viene. —Él volvió la cabeza, para mirar más allá, la línea de antorchas colocadas en el espacio abierto de la cueva. Era Abäk, que se veía muy agotado pero sonriente. Hacía ya más de tres semanas que el druida mayor lo había enviado por el pergamino a las montañas sagradas. Hasta ahora nunca se habían alejado más allá de las praderas colindantes. Era imperativo obtener la información almacenada en la Escarlata de fuego, o no resistirían al enfrentamiento con los nigromantes. Muchos se opusieron, alegando que no era prudente que fuera solo, a sabiendas que las huestes de Antártika estaban rodeando las cavernas. Pero los trinitarios confiaban en él, su experiencia y conocimiento del terreno, era mucho mejor que los guerreros del reino.


—Qué gusto verte, hermano —dijo Velitius, contento de su llegada. Ambos se abrazaron fuertemente, como si de siglos hubiera tardado su encuentro.


— ¡Aquí lo tienen! — exclamó Abäk, sacudiéndose la nieve adherida a la ropa. Überiem lo saludo con sus manos largas y envejecidas.

—Tráelo aquí. Él dio un paso hasta a un enorme pedrusco que servía de mesa. El Trinitario mayor desenrolló el pergamino, un pergamino seco que se asemejaba mucho a su piel, pero lleno de secretos.


¡Ah, La Escarlata de fuego! —exclamó con mucha emoción. Estos hechizos pirománticos son las únicas llamas que dan poder para vencer a los Abominables. Sus llamas flameantes son muy poderosas.


—Recuerdo este pergamino —dijo Velitius —. Escuché al alquimista conjurar con esas tecnicas hace algunos años. Le mostraba a Usküdar sus habilidades para enfrentar a los Cazadores de U'zhul.


Überiem recordó cómo habían aprovechado el poder del pergamino para fundar y defender su imperio miles de años atrás. Se habian enfrentado a las bestias arácnidas, a las ratas crepusculares, a los sátiros verdes, ah, y una vez a las peligrosas Estirges cuando trataron de esclavizarlos a todos.


—¿Qué? ¡Ah!, ¿hablabas conmigo? —Solo me recordaba de Emetèrico y Usküdar. —El mejor de los alquimistas — dijo en un tono triste — . Y un gran guerrero. Nunca dio por perdida una batalla. 

—Tengo entendido que el rey Riagáin nos ofrecio ayuda.

 — Así es, Riagáin tiene una alianza con Serendipity desde hace años, y el reino siempre cumplió con el tratado. Es el aliado más cercano que tenemos. Hace pocos meses enviaron un pequeño contingente de cinco mil soldados, pero me parecen insuficientes. La superioridad de Antártika es tan aplastante que, no creo podrán resistir.


Überiem llevaba meses en la espera, no veía la hora en que Usküdar regresará con las lágrimas púrpura de Frëayū, una deidad Dracónica que vivía en las cavernas de Kraków. Pues, según las leyendas, las gotas contenian una magia mística, que contrarrestaba toda clase de maldiciones y hechizos negros. La triada las necesitaba para sacar del mundo oscuro a Sir Velhagen y a la princesa Ivonnè del potente hechizo del Prisma Polar. Hubo una época en que ciertos hechiceros poseían la virtud de conseguir estas pócimas. Pero hubo quienes acabaron cediendo a la tentación, y la energía de su magia fue perturbada, corrupta, por aquellos que querían experimentar con las fuerzas mayores del mal. Entonces, sintiéndose traicionada, la Dragona semi humana huyó hacia el monte más alto. Es por ello que vivía en los confines entre la tierra y las alturas.


Poco faltaba para que llegaran al Monte Helicón, según sus cálculos. Si no tuviera noticias de ellos en un tiempo prudencial, acudiría a Cayllea una druidesa gala con poderes semidivinos. La cueva pedregosa, donde el druida languidecía, se había convertido en su prisión, rodeada de varios metros de escarcha. La humedad y lo gélido estaban debilitando la magia del anciano druida.


—Tendrías que usar ropa más abrigada —dijo Velitius, mientras le cubria los hombros con una capa de piel.

—¡Maldita sea Antártika! ¡Que Balar el rey de los infiernos persigan su alma por los confines del espacio! ¿Cómo pudo hacer lo que hizo? —exclamó Velitius. Maldiciendo entre dientes, dio la media vuelta y luego sopló con fuerza, avivando las llamas de la chimenea rocosa.


La apacible tertulia fue interrumpida por Börte. El anciano sonrió, pero no por eso dejó de mirar los centelleantes ojos del joven. Un presentimiento oscuro y ominoso nubló la mente del anciano, que miraba al joven de soslayo. El druida de pelo cano no lograba determinarlo. En primer lugar ¿que hacía allí? Por extraño que pareciera, intuía una traición.


—¿Cómo es que vienes a mi recámara sin que se te haya llamado, Börte? —¿Qué deseas?

—¿Acaso no formó parte de los guerreros Serendipitianos? 

Tú lo has dicho. Eres un guerrero, pero no formas parte de la triada. Dime, ¿qué es lo que quieres? 

—¿Alguna novedad? —interrogó en voz baja, ajustándose la capa sobre los hombros. 

Nada aún. Pero nosotros apenas podríamos esperar enterarnos. 

Quizá si enviamos un pequeño grupo a las montañas, en nuestros caballos más veloces. Ellos podrían necesitar nuestra ayuda.


Überiem sacudió la cabeza. 


No. La misión es peligrosa de verdad, pero la nuestra tiene primordial importancia. Debemos tener todo nuestro poder para protegernos de Antártika. Vamos a necesitar a cada hombre y elfo aquí con nosotros. Ahora, sobre todo, debemos preparar todas nuestras fuerzas. Nunca hemos luchado contra la magia del hielo en batalla abierta, ejército humano contra demonios de hielo. La perspectiva es atemorizante. El anciano le entregó el rollo a Velitius, y bajo sus instrucciones lo guardo en una grieta de la pared rocosa. Hubo un silencio, durante el cual Überiem se sentó en una gran piedra sobre la que se quedó inmóvil, contemplando las profundidades de aquella prisión subterránea, donde era imposible saber qué hora o día era.


Sin embargo, no hizo más preguntas. Después de todo, estaba a unos pasos de averiguarlo por sí mismo. El joven caballero sentía un inmenso recelo, porque el anciano solo le había enseñado a controlar la magia de algunas runas futhark. Necesitaba desesperadamente tener el control de todas, lo cual era imposible, ya que prácticamente era un "secreto", conocido solo por una élite de druidas élficos. Sus ojos azules contemplaron el pergamino. Aquel resplandor que salía significaba poder. Un poder que siempre había deseado y que los Trinitarios no le darían nunca. Allí también se conservaba la magia Dál Riata acumulada durante siglos; todas las traducciones, copias y pócimas del alquimista Emetèrico.


En sus ojos brillaba el rencor y la ambición.



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