Crónicas de Serendipity

Venganza de hielo

El rey salió de su palacio hasta el balcón. Desde allí pudo ver el fuego de la destrucción. Oyó los gritos de dolor y agonía de su propio pueblo. Vio con asombro como Antártika y sus huestes irrumpían en su imperio. Ahora la estaban reduciendo a la nada, con su venganza. 


La princesa Ivonnè no podía ver a Velhagen por ningún lado, solo muerte y batalla por doquier. Un grito de combate se oyó pero desde lejos, ese era él, en una lucha encarnizada con los cuervos albinos, criaturas humanoides malignas. Sobre su cabeza decenas de feroces grifos batieron sus alas a la vez, provocando un vendaval que sacudió la tierra, los árboles de un lado a otro. Los carroñeros desgarraban a los nobles y plebeyos, dejando trozos de cuerpos regados por todos lados. 


Ante ella, resollando con rabia, se encontraba el cíclope más grande que había visto nunca.


Su cuerpo sin pelaje estaba cubierto de protuberancias afiladas y tenía tres ojos blancos. Sus enormes pies golpearon en el suelo al acercarse y la saliva corría por sus pronunciados colmillos, ansioso de clavarlos en carne fresca.


Ivonnè luchaba con todas sus fuerzas contra el cíclope, igualados en velocidad, reflejos y poder. Sin embargo, sus golpes eran certeros y mortíferos. Cuando estuvo cerca extendió sus brazos y clavó con fuerza su afilada espada en la coraza, pero no consiguió herirlo. El cíclope giró, y con su tercer ojo le lanzó saetas de estalactitas, ella logró frenarlas a pocos centímetros de su pecho. Una segunda descarga impactó en su hombro derecho dejando una profunda herida. La princesa cayó al suelo golpeándose con fuerza.


Antártika disfrutaba con todo esto. Su sonrisa se ensanchaba cada vez más. La dicha le brotaba por cada poro del cuerpo. Los dedos de la bestia formados por anillos magnéticos lograron apresar a la princesa y la estrellaron contra un muro de piedra, que lo destruyó en añicos. Velhagen corrió hasta donde estaba ella, y le ayudó a levantarse. 


— No temas, recuerda que tú eres mi aprendiz. Entra en combate confiadamente, juntos podemos vencerlo.


El guerrero sostuvo la espada, la hoja brilló y como una centella se dirigió al pecho de la bestia. Fueron apenas milésimas de segundo. Pero eso fue suficiente para que ambos se hirieran. Velhagen quedó con una rodilla en el suelo. Mientras el enorme cíclope intentaba erguirse.


La princesa los observaba con atención, esperando el instante preciso en el que dejar ir su espada. El dúo de guerreros se miraron de reojo; Velhagen entonces, pronunció las palabras Stratüs, el idioma antiguo que no utilizaba desde hacía milenios.


Al instante sintió el chorro de energía que fluía en sus venas, y la conocida sensación de poder en su espada. La sonrisa volvió al rostro del guerrero. Solo era cuestión de dar un golpe tan veloz y potente como para atravesar su coraza de metal. Los dos saltaron de nuevo al ataque y, como dos rayos, sus armas penetraron en su hombro, hasta llegar al corazón. Un grito agudo se convirtió en un estertor. La bestia se retorcía convulsivamente y quedó inmóvil. 


La voz de Antártika rugió como la fuerza de un trueno, al ver que su monstruoso humanoide caía al suelo sin vida. Luego, llevada por el vértigo de la venganza formó dos esferas polares deslumbrantes, y con el poder elemental de la lluvia las activó en una vorágine de granizo que comenzó a formarse en torno a los tobillos del guerrero y la princesa, congelando la sangre en sus venas hasta que sus corazones se paralizaron, llevándolos al olvido. 


Seguido, todo se movió en un vórtice de hielo espeluznante: cristalizó a todos los guerreros, a media población, incluyendo al alquimista Emetèrico del reino. Antártika se dirigió al atrio, donde estaba el rey. Reinaba en la cámara real un vaporoso silencio que sólo interrumpía el eco de los gritos del pueblo. 


–¿Y ahora querido padre, qué haré contigo? ¡Serás la cena de mis hambrientos cuervos! ... No, ¡te convertiré en un horroroso grifo!... ¿O no sería mejor ... ? No, ya sé, lo mejor de todo es : ¡te transformare en un trono de hielo!


Dicho y hecho. La piel del rey se volvió azul, y su cuerpo se congelo. Ella tomó la corona y se sentó sobre el trono de Ondas Gélidas, a su lado situó a cuatro grotescos generales, y alineó a todos sus huestes por el reino cubierto de hielo cristalino y escarcha. Los humanos corrieron empavorecidos, fueron despedazados, elevados y azotados como simples hojas; y muchos lograron huir y esconderse en cavernas y cuevas. El imperio quedó bajo una espantosa tormenta glacial, y el asedio del terror. 


La luna de las largas noches, mostró su faz desde lo más alto del cielo, e iluminó con rayos violáceos el corazón de Ivonnè y Sir Velhagen para que conservaran sus latidos.



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5 -Te toca escribir un relato de fantasía épica.


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