Crónicas de Serendipity



Reino de Serendipity, Era de Hielo


El rey Nólar Fendley cruzó el patio y entró en lo que alguna vez fue el salón de armas. Ya no tenía techo y era nada más que un espacio lleno de escombros. Se aproximó al balcón, desde allí pudo ver el fuego de la destrucción. Oyó los gritos de dolor y agonía de su propio pueblo. Vio con asombro cómo Antártika y sus huestes irrumpían en su imperio. Ahora la estaban reduciendo a la nada, con su venganza. El rey bajó las escaleras rápidamente y se fue a refugiar a la sala de los espejos. Se sentía culpable de aquella feroz batalla, en la que sus soldados morían bajo las garras del enemigo, devorados por bestias y abrasados por el fuego de feroces criaturas. El capitan del ejercito, Sir Velhagen, luchaba encarnizado contra los cuervos albinos, criaturas humanoides voladoras. Sobre su cabeza decenas de salvajes grifos batieron sus alas a la vez, provocando un vendaval que sacudió la tierra, los árboles de un lado a otro. Los carroñeros desgarraban a los nobles y plebeyos, dejando trozos de cuerpos regados por todos lados. 


Ivonnè, la princesa guerrera, combatía contra el escorpión más grande que había visto nunca. Su cuerpo sin pelaje estaba cubierto de protuberancias afiladas, que lo protegían de ataques físicos, y tenía tres ojos blancos, con una enorme cola. Sus enormes patas golpearon en el suelo al acercarse y la saliva corría por sus pronunciados colmillos, ansioso de clavarlos en carne fresca. Sus coletazos eran certeros y mortíferos. Dispuesta a acabar con aquella horrible bestia, espoleó su caballo y se lanzó contra él, blandiendo su espada. Cuando estuvo cerca extendió sus brazos y clavó con fuerza su afilada espada en la coraza, pero no consiguió herirlo. El escorpión abrió sus enormes pinzas, ella logró esquivarlas a pocos centímetros de su pecho. Pero en la segunda descarga, una pinza logró apresar a la princesa de su torso, ésta, se movió con tal rapidez que alcanzó a cortar tres de sus patas, sin que tuvieran tiempo de eludir el sablazo. En el eco del viento Velhagen escuchó los gritos de Ivonnè. Su espada se movió instintivamente y no tardó en derribar a una jauría de alimañas que lo enfrentaban, hiriéndolos de muerte. Luego corrió resollando hacia ella y gritó


—¡No te muevas! — La princesa asintió con la cabeza. 

Velhagen recitó fragmentos del cáliz de cristal sagrado en Stratüs, el lenguaje de sus antepasados. Al instante un poder latía en la hoja de su espada Gailck, era casi como si cobrara vida. el hilo de energía fluyó en sus venas. Solo era cuestión de dar un golpe tan veloz y potente como para atravesar la coraza de metal. 


El Escorpio lanzó de su aguijón rayos ígneos. Velhagen sostuvo la espada en alto, la hoja brilló cuando contrarresto el rayo, y en milésimas de segundo el acero regreso la descarga hacia el pecho de la bestia,  cayendo herida en el suelo. La criatura gruñia, sacudió a la princesa violentamente, y ella salió despedida contra una ballesta. —¿Estás bien? —preguntó preocupado.


—¡Vamos, ahora, a prisa, levántate! —gritó Velhagen. Los dos saltaron de nuevo al ataque y, sus armas cortaron de dos tajos el dardo venenoso. Un grito agudo se convirtió en un estertor. La fiera volvió a retorcerse convulsivamente hasta quedar inmóvil. 


La voz de Antártika rugió como la fuerza de un trueno, al ver que su monstruoso humanoide caía al suelo sin vida. Luego, llevada por el vértigo del desagravio, levantó la Prisma Polar y  formó dos esferas deslumbrantes con el poder elemental de la lluvia, luego, las activó en una vorágine de granizo que comenzó a formarse en torno a los tobillos del guerrero y de la princesa, congelando la sangre en sus venas hasta que sus cuerpos se paralizaron, llevándolos a un eterno sueño


Seguido, todo se movió en un vórtice de hielo espeluznante: cristalizó a todos los guerreros, a media población, incluyendo al alquimista Emetèrico del reino. Antártika se dirigió a donde estaba el rey. Los valientes guerreros que resguardaban la entrada de la enorme estancia, sorpresivamente cayeron fulminados, ante el viento gélido que soplaron sus labios pálidos, luego, agitó las escarchas de nieve y tumbó las puertas con un estruendo descomunal. Al fondo había un estrado donde estaban colocados dos tronos de oro y plata finamente tallados. Detrás de ellos se escondía el ser que le dio la vida, el rey Nólar Fendley.


Sus ojos estaban llenos de temor, observando a Antártika fijamente.


—¿Y ahora querido padre, qué haré contigo? ¡Serás la cena de mis hambrientos cuervos! ... No, ¡te convertiré en una abominable criatura!... No, ya sé, lo mejor de todo es: ¡transformarte en mi trono de hielo!


—Lo siento... yo. —dijo. El rey desvió la mirada, visiblemente avergonzado por aquel recuerdo. Ella abrió su único ojo; su azul se oscureció, y por un momento, recordó a su madre que la había amado tanto y, un resentimiento que parecía imborrable.


—Sé que estás enfadada, Tika —dijo él con voz cortante—, los ciudadanos no tienen culpa de mis errores. 

—Tuve que soportar indirectas, las burlas me hacían sentir como si un puñal estuviera atravesando mi corazón. Para coronar tu hazaña, ignorastes las plegarias de mi madre. ¿Sabías que Ravenna, tu mujer se puso de acuerdo en un plan para deshacerse de ella? ¡Seguro que no! . —La dejastes a cargo de tu reino, ¡maldita sea! vociferó.


Ella hubiera deseado romperle los huesos, dejar que las aves de rapiña le picotearán el cerebro con sus afiladas garras.Si embargo, ella se acercó a él, le quitó la corona de un tirón y se la acomodó sobre su espesa cabellera rubia, luego, se giró para encararlo.

—¿Me escuchó, su majestad? —

—¡Ya está bien, Antártica! ¡¿Crees que te saldrás con la tuya haciéndome esto?! 

—¡Calla! —exclamó ella, interrumpiendolo. 


Al momento el rey observó una luz platinada girar alrededor de la yemas de sus dedos, luego salió disparada hacia él, rodeándolo hasta que su piel se volvió azul, sus ojos se congelaron, y su cuerpo se convirtió en un bloque de hielo. Ella se sentó sobre el trono glacial, a su lado situó a cuatro generales, y alineó a todas sus huestes por el reino cubierto de hielo cristalino y escarcha. El resto de los humanos corrieron empavorecidos, unos fueron despedazados, elevados y azotados como simples hojas; y muchos lograron huir y esconderse en cavernas y cuevas. El imperio quedó bajo una espantosa tormenta de nieve, y el asedio del terror. 


Antártika sacó la pequeña arpa de la funda que colgaba en su cintura. Sus dedos se posaron en el instrumento y comenzó a tocar, su envolvente melodía ahora era su único consuelo. El arpa sonaba como música celestial, de la misma forma que tocaba para su madre. La muerte de su progenitora le cambió el carácter y la personalidad. La niña alegre, espontánea y carismática, se había convertido en una mujer malvada y vengativa. Sus dedos dejaron de tocar mientras trataba de relajar su ira. Sumida en sus pensamientos, no había reparado en que Agnator, el comandante de sus huestes, había estado observándola de lejos. La joven se había percatado al instante del poder que emanaba su fuerte y ágil cuerpo, así como el fuego color naranja que brillaba en sus ojos. Era un demonio. Era hermoso. Era letal.


La mirada había dejado una estela cálida en su fría piel. Se asustó, se suponía que no debía sentir calor, pues era algo que tenía prohibido. Ella se limitó a observarlo, a imaginar cómo sería su piel, y le entró el deseo de sentir sus caricias, pero sabía muy bien que con un simple beso podría arrebatarle su humanidad. Ella lo estudió con detenimiento una vez más. Su cuerpo musculoso estaba cubierto de una negrura carbonizada, en su vientre se marcaban unos perfectos abdominales y, al llegar a su pelvis se sonrojo y retiró la mirada.


Después, arrancó con un áspero y desgarrador sonido en las cuerdas.




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| Venganza de hielo | #52retosliterup |

Te toca escribir un relato de fantasía épica.


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