Crónicas de Serendipity

Venganza de hielo

Verano de 1770

    Serendipity, Holstein


El rey Nólar Fendley había cruzado el patio y entró en lo que alguna vez fue el salón de armas. Ya no tenía techo y era nada más que un espacio lleno de escombros. Se aproximó al balcón, desde allí pudo ver el fuego de la destrucción. Oyó los gritos de dolor y agonía de su propio pueblo. Vio con asombro como Antártika y sus huestes irrumpían en su imperio. Ahora la estaban reduciendo a la nada, con su venganza.


Ivonnè, la princesa guerrera no podía ver a Velhagen por ningún lado, solo muerte y batalla por doquier. Un grito de combate se oyó pero desde lejos, ese era él, en una lucha encarnizada con los cuervos albinos, criaturas humanoides malignas. Sobre su cabeza decenas de feroces grifos batieron sus alas a la vez, provocando un vendaval que sacudió la tierra, los árboles de un lado a otro. Los carroñeros desgarraban a los nobles y plebeyos, dejando trozos de cuerpos regados por todos lados. 


Ante ella, resollando ferozmente, se encontraba el cíclope más grande que había visto nunca. Su cuerpo sin pelaje estaba cubierto de protuberancias afiladas y tenía tres ojos blancos. Sus enormes pies golpearon en el suelo al acercarse y la saliva corría por sus pronunciados colmillos, ansioso de clavarlos en carne fresca.


Ivonnè luchaba con todas sus fuerzas contra el cíclope, igualados en velocidad, reflejos y poder. Sin embargo, sus golpes eran certeros y mortíferos. Cuando estuvo cerca extendió sus brazos y clavó con fuerza su afilada espada en la coraza, pero no consiguió herirlo. El cíclope giró, y con su tercer ojo le lanzó saetas de estalactitas, ella logró frenarlas a pocos centímetros de su pecho. Pero una segunda descarga impactó en su hombro derecho dejando una leve herida. Ella cayó al suelo golpeándose con fuerza. Los dedos de la bestia formados por anillos magnéticos lograron apresar a la princesa y la estrellaron contra un muro de piedra, que lo destruyó en añicos. Con el corazón latiendo como si se le fuera a salir del pecho, Velhagen corrió hasta donde estaba ella, y le ayudó a levantarse. 


—¿Estás bien? —preguntó preocupado —. La princesa asintió con la cabeza.

El dúo se miró de reojo; Velhagen recitó fragmentos del grial en Stratüs, su lenguaje antiguo. Al instante sintió el hilo de energía que fluía en sus venas, y la conocida sensación de poder en su espada Gailck. La sonrisa volvió al rostro del guerrero. Solo era cuestión de dar un golpe tan veloz y potente como para atravesar la coraza de metal.


¡Rápido! ¡Energía de tu yelmo mágico! ¡Izquierda! ¡Y otra! ¡Derecha! ¡No pienses que te asfixias!

Ella le lanzó varias esferas ígneas. Velhagen sostuvo la espada en alto, la hoja brilló y como una centella se dirigió al pecho de la bestia. Fueron apenas milésimas de segundo. Pero eso fue suficiente para que ambos se cortaran. Velhagen cayó con una rodilla sangrando en el suelo. Mientras el enorme cíclope intentaba erguirse, herido del brazo.


¡Vamos, ahora, aprisa, corre! —grito Velhagen.

Los dos saltaron de nuevo al ataque y, como dos rayos, sus armas penetraron en los ojos de la bestia. Un grito agudo se convirtió en un estertor. La fiera se retorcía convulsivamente y quedó inmóvil. 

La voz de Antártika rugió como la fuerza de un trueno, al ver que su monstruoso humanoide caía al suelo sin vida. Luego, llevada por el vértigo del desagravio formó dos esferas polares deslumbrantes, y con el poder elemental de la lluvia las activó en una vorágine de granizo que comenzó a formarse en torno a los tobillos del guerrero y la princesa, congelando la sangre en sus venas hasta que sus corazones se paralizaron, llevándolos al eterno descanso. 


Seguido, todo se movió en un vórtice de hielo espeluznante: cristalizó a todos los guerreros, a media población, incluyendo al alquimista Emetèrico del reino. Antártika se dirigió al atrio, donde estaba el rey en su cámara real. –¿Y ahora querido padre, qué haré contigo? ¡Serás la cena de mis hambrientos cuervos! ... No, ¡te convertiré en un horroroso grifo!... ¿O no sería mejor ... ? No, ya sé, lo mejor de todo es: ¡transformarte en mi trono de hielo!


Dicho y hecho. La piel del rey se volvió azul, y su cuerpo se congeló. Ella tomó la corona y se sentó sobre el trono glasial, a su lado situó a cuatro grotescos generales, y alineó a todos sus huestes por el reino cubierto de hielo cristalino y escarcha. El resto de los humanos corrieron empavorecidos, unos fueron despedazados, elevados y azotados como simples hojas; y muchos lograron huir y esconderse en cavernas y cuevas. El imperio quedó bajo una espantosa tormenta de nieve, y el asedio del terror. 


La luna de las largas noches, mostró su faz desde lo más alto del cielo, e iluminó con rayos violáceos el corazón de Ivonnè y Sir Velhagen para que conservaran sus latidos.





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Te toca escribir un relato de fantasía épica.


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