Esculturas al aire libre - El Deseo

Ella corría y corría asustada, sin rumbo, sus frágiles piernas casi no podían ya resistir el peso grácil de su cuerpo. Su color níveo iridiscente se tornó opaco, sin brillo por la lasitud de la velocidad al escapar a través de la espesa selva tropical. Corriendo pues, estuvo por todos lados hasta que ya cansada, falta de aliento y ensangrentada se detuvo a descansar debajo de unos arbustos, cubriéndose con las frías hojas.

Con hambre y sed masticaba el borde delicado de las rosas caídas, o bebía su roció. Hacía varios meses que un sequito de gigantes libélulas la venia persiguiendo comandados por el temible Moffar cazador de los Pterones, de aspecto arrugado y de orejas enormes. Bajo los últimos rayos del sol, el olor a los árboles, las hojas y la tierra desapareció, sintiendo solamente un violento y misterioso viento que sopló las ramas flacas y secas dejándola al descubierto.


De pronto, sintió algo moverse entre el ramaje, era un duende que apareció ante ella, y la miro con ojos tétricos, penetrantes, dejándola atemorizada casi sin respiración. - Ven acá, no temas. - le dijo con suma delicadeza, a lo que ella no respondió. - ¡Avíspate, o acabaras como el resto de tu especie! - Le grito, con una bocanada de aire que la arrastro por el suelo. De pronto, una tormenta de zigzagueos se dejó escuchar, y el cielo se tornó gris. - Déjame ayudarte, si me das tus cuatro ochos te cumplo un deseo. - dijo acercándose a ella. - ¿El que yo quiera? - pregunto incrédula. - ¡Claro! - exclamo con seriedad maléfica. Ella se levantó y considero la propuesta, ya que Moffar estaba acercándose. - Está bien, tómalos. Y conviérteme en una fémina de cuerpo escultural, con un color bronceado, y que mi cuerpo se ajuste a todos los cambios de las estaciones sin que me haga daño. Quiero ser fuerte, no más debilucha, pequeñita y asustadiza. - replico refulgida de alegría. - Trato hecho. - respondió, sacando de su largo sombrerillo unas esponjas luminosas que en segundos succionaron sus cuatro ochos místicos, dejándola lívida y rígida, como blanco lirio suspendido de un lazo infinito. 

-  ¡Listo! Desde este minuto, pasaras a ser inmortal. ¿Crees que bromeo, verdad? - dijo con sonrisa diabólica en su rostro. El duende se mofo de su resistencia inútil al ver que de pronto se quería arrepentir. La mariposa silenciosa, resignada, cerró sus alas y partió transformada en una hermosa escultura de bronce por una línea negra horizontal, muy fina y oscura que se abrió en el aire. Y así sucedió, lo crean o no también en en los bosques existen duendecillos que se confunden con el sentido de las palabras.  

Desde entonces, en una selva amazónica no muy lejana llamada la Psiquis, cuenta la leyenda que existió una hermosa y delicada Mariposa de los Ochos, que huyendo de los ávidos entomológos termino transformada por un mal entendido, en una imponente escultura, que sentada y pensativa, se le ve perdida en la inmensidad de aquel hermoso azul del mar.
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