El patio - El Ocaso de un Amor

Sus ojos castaños, su tez blanca, y cabello rojizo completaban una belleza apagada y triste al contemplarla. Ya habían transcurrido alrededor de dos horas después de concluida la reunión de negocios de su esposo,  y ella seguía sentada mirando al vacío, con el pecho lleno de tristeza. Sobre sus mejillas de nácar, palidecidas por la amargura surcaron de sus ojos lágrimas, que fueron descendiendo hasta fundirse en sus labios. 

La magia que envolvía su matrimonio había desaparecido, el fuego dejo de ser su elemento, y el aura de la pasión sucumbió a las tinieblas. Isolina era una mujer romántica, soñadora de amores idílicos. Siempre sonó que el hombre que la amaría seria para siempre, y se quedarían en una burbuja a través del tiempo donde los obstáculos nunca los alcanzarían. 


Una tibia brisa soplo su cara, el sosiego y el dolor dieron paso a una sensación de amargura que solo cerrando los ojos en el mundo de Morfeo podía soportar. El patio emanaba tranquilidad. Solo las plantas acallaban el silencio. Ese día se sentía como las mariposas, tan frágiles y asustadizas cuando les llega su tiempo, con la misma imposibilidad de escapar ni con los más  rápidos aleteos. Consumida por el vacío decidió terminar con su vida, con un matrimonio que le había dado felicidad por muchos años, pero que ahora le daba la espalda, dejándola sola, vacía. Isolina era la perfecta descripción de una persona en alienación y conformismo. Llevaba años dejándose llevar por el desamparo y la apatía de su esposo.  Unos pasos fuertes la sacaron de sus pensamientos. Era Sebastián que deteniéndose frente al espejo arreglaba la impecable corbata.

- “Voy a salir. No sé a qué horas regresare.” - dijo frio y tajante. Isolina intento hablar, pero su garganta se negaba emitir ningún sonido. La sensación de impotencia era infinita. Durante treinta largos años jamás había tenido problema alguno en la comunicación, y ahora que era el momento justo para reclamar, su boca se selló para siempre. 

Un inmenso dolor le oprimía, era el recuerdo de sus hijos a los que tanto amaba, aunque ellos no se acordasen de ella. Se levantó hacia la caja fuerte y saco un revolver y regreso nuevamente al patio, el lugar donde por tantos años había disfrutado de las risas de sus hijos, las reuniones familiares, y los ‘te amo’ que tantas veces se habían dicho en ese refugio romántico. Isolina respiro profundo, y entre murmullos se dijo: - ¿Porque desprecias mi marchita juventud? ¡Infame, no me harás más daño! - concluyo. Se sentó y con tal serenidad y firmeza apretó el gatillo que enseguida apagaría su vida. La calma arropo su cuerpo, y una palidez mortal se la llevo donde el dolor y la memoria se congelan.

“En ninguna cosa la infidelidad es más innoble y repugnante que en el amor.”
 Sören Aabye Kierkegaard – Literato y filósofo danés.
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