Personas - El Vendedor

Alan miro su reloj con nerviosismo, estaba  a la espera del momento oportuno para imponer sus deseos malévolos he irrefrenables. Cauteloso observaba desde la ventana de su apartamento a la multitud, mientras se fumaba un cigarrillo. Miles de ideas malignas le iban rondando la cabeza, al ir observando el comportamiento de las personas por la ancha avenida. 

Enseguida, y de forma irremediable, comenzó a recordar, la miserable vida de su niñez. De madre alcohólica, jamás conoció padre, solo padrastros que fulminaron con crueles azotes su tierna vulnerabilidad. Para rematar su furia contra la humanidad, había nacido con una condición biológica llamada pseudohermafroditismo femenino, una condición que le generaba episodios de fuerte agresividad, y que de ahí, se formaría  su trastorno sexual, y el origen de su conducta criminal. Con suma obsesión observaba a cada una de las personas, tratando de adivinar en su rostro sus vidas privadas.


En solitario pensaba. - Que arrogantes. Todos se creen superiores, mas no saben que fáciles y vulnerables son para mí. Algunos piensan que porque tienen un buen trabajo, o manejan el coche más caro, son los más inteligentes y astutos del planeta. Se olvidan de los de mi clase, los olvidados por la sociedad, esa que solo ha sabido ser injusta y cruel conmigo. - Tiro la colilla de cigarro al basurero con furia, y se viro para ponerse la chaqueta de su traje negro. Se arregló la corbata, tomo su maletín, y se dirigió a su trabajo de medio tiempo. Los días de su vida eran pesados como plomo, la ira reprimida invadía cada uno de sus circuitos neuronales. Miro nuevamente el reloj, constatando que ya era la hora indicada para su macabro ritual. Como un autómata comenzó a caminar, a lo largo de las calles, sin dejar de pensar en su próxima víctima. 

Después de quince minutos sin encontrar lo buscado, comenzó a sudar profusamente. Cuando de pronto, sus ojos se percataron de un señor con turbante y traje azul fumando desde una esquina de los callejones del bajo Manhattan. Como relámpago camino rápidamente y cruzo la calle, no sin antes sacar un cigarrillo de su bolsillo. Se acercó y pregunto: - ¿Me das fuego? - cuando el hombre se inclinó para dárselo, rápidamente como rayo, saco la filosa navaja dando un golpe certero a la garganta. El hombre no tuvo tiempo de gritar, solo poner las manos en la herida y comenzar a colapsar. Al llegar a la oficina se encontró con su compañera de trabajo, y como ya era costumbre volvía a llegar tarde. La mujer suelta una risa sarcástica y le mira diciendo: - El jefe te va a acabar despidiendo uno de estos días. -
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