Pecados capitales - Ira, Soberbia, Lujuria y Envidia.

- ¡Que yo…que? - grité con todas mis fuerzas. - Así es, señorita Kan. Usted padece de un trastorno de personalidad múltiple. - dijo con arrogancia y una sonrisa de catedrática sabelotodo después de la última sesión de media hora.

Ese día me enfureci tanto al verla tan tranquila diagnosticando con su doctrina freudiana. Me levanté del sillón bruscamente y fui a su escritorio donde muy cómodamente escribía sus anotaciones. Estaba segura que mi “supuesto” desorden psíquico, era falso, y un robo la factura de trescientos dólares que cobraría por la media hora de escuchar mis quejas. Me dirigí a ella y le arrebate los apuntes rompiéndolos en el acto.
- puedes almorzar con ellos. - le grité, y salí por la puerta dando un portazo.

Rápidamente salí para mi trabajo. Al llegar encontré a mi asistente sentada esperándome. No podía soportar su carita de mosca muerta. Era algo que repentinamente me tornaba en otro ser. - Por enésima vez te he dicho que vistas con la etiqueta requerida para esta empresa. Luces ordinaria y fuera de lugar en ella. Recuerda que firmaste un contrato, debes cumplir, de lo contrario quedarás despedida. - le disparé sin misericordia. La mayoría de los empleados odian mi soberbia. Porque saben que ella ayuda mucho para que cumplan sus funciónes.

Al terminar las horas laborales me largue al traumatizante viaje por el ascensor desde un treintavo piso. Al entrar sentí una sacudida hormonal inimaginable, el chico que estaba a mi lado olía a león en celo. Lucharon mis hormonas inútilmente contra las vocecillas que al unísono decían: - No cometerás actos impuros. - ignorando el consejo, libere con alevosía, la fiera insaciable para ser devorada por la fiebre de la lujuria.  

Antes de llegar a mi hogar dulce hogar, me fui a las tiendas a ver las últimas tendencias de Victoria Secret. Al pasar casi dos horas babeando en la sección de lingerie, decidí caminar al lado opuesto del Mall donde se exhibía una función de artes marciales. Una mano tibia tocó mi espalda. - ¡Hola, que gusto verte amiga! - exclamó una amiguita más tóxica que el tabaco. - Hola, Lexia, como estas? - pregunté, mientras reservadamente observaba al guapo y sensual chico que aprisionaba con su mano el trasero de sus curvas. - Mira, te presento a Hadid. - me dijó con una enorme sonrisa colgate. - Vamos chica, que ya me lo habías presentado. - respondí sonriendo y con alegría teatral. - ¡Ah! Que bien. Entonces qué te parece si almorzamos juntos? - me preguntó, exhibiendo tal valioso trofeo. - Gracias pero no puedo. Tengo una cita. - añadí tratando que mi rostro no delatara la mentira y la envidia filosa que sentía por haber logrado ligar con el chico de mis sueños y continué mi camino. ¡Bah! Me dije, no fue mi día.

Lo primero que hice al llegar a casa fue desvestirme y darme un baño de burbujas con sales aromáticas. Podía sentir el aroma a melocotón por el aire, mientras sonriendo observaba a las siluetas de las cuatro pecadoras  colgando de la pared, que entre susurros me decían: - Mañana será otro día. -  
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