Párrafos incluidos - La Ultima Cena

Cuando  arribó y entró al magnífico salón de la casa, toda la atención se centró en ella. Su vestido rojo se adhería a su cuerpo permitiendo adivinar las curvas de su figura. Un hombre muy elegante llegó a su encuentro, y la llevó a la sala de espera. Con sigilo busco entre los invitados a su novio Alfredo, un detective que junto a ella habían sido asignados para introducirse a un clandestino club de cenas exóticas. Ivanna recién había logrado ser un miembro más de un grupo de ginecólogos, que disfrutaban vender y comer embriones  humanos a un costo altísimo.

Tras la segunda botella de vino fue llevada a la cocina. El chef se encargó de enseñarle los fetos traídos desde tierras mediterráneas. Seguidamente logró observar un cuerpo desnudo con la cabeza cubierta en una esquina, su cuello colgaba de un gancho. El chef dijo sonriendo:

- Debo ir al sótano. Tome su tiempo y déjeme saber cuál le gustaría comer. -

Aprovechando estar sola, se acercó al hombre y levantó la sábana, sus ojos rasgados se engrandecieron y, en segundos quiso gritar al ver que era Leonardo sin vida. Pero retomo cordura, sabía que si la descubren también moriría.

Regreso a la sala pensativa, tenía que actuar rápido si quería salir con vida. Se acercó al hombre que la atendía y dijo:

- Cambie de opinión. Regresaré a cambiar mi orden. - con mucha cautela entro de nuevo a la cocina, no encontró a nadie, rápidamente sacó de su  cartera una jeringa que contenía un potente veneno sin antídoto. Se acercó a los fetos y los inyectó con el líquido letal.

Después de varias horas, la cena estaba servida. La señora Bazán alzó su copa para un brindis y dirigiéndose a los invitados arqueando una ceja pronunció:

- Comer embriones primogénitos es muy poético. No creen? - Acto seguido todos comenzaron a comer y platicar. Ivanna apenas tocaba la carne con el tenedor, solo comía ensalada y bebía vino.

Al terminar todos la veían, y no tuvo más que llevarse a la boca un pedacito que guardo muy bien bajo la lengua. Posteriormente se levantaron y aplaudieron frenéticamente, para después reunirse en la sala. Ella salió corriendo hacia el baño, escupió la carne y vomitó todo. Después de aplicar lápiz labial se dirigió a la sala, y tomándose un vino espero tranquilamente hasta que todos comenzaron a convulsionar por el veneno que se había esparcido por los minúsculos cuerpecitos. Después llorando inconteniblemente... y como una sombra enloquecida corrió hacia esa primera estación de las afueras, que es donde toman el tren todos los náufragos de la ciudad. Era como dos almas en una. La suya y la de Leonardo, huyendo a campo traviesa.

* Párrafo tomado de: El caballero del hongo gris, Ramón Gómez de la Serna.
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