Las Sinsombrero - Margarita Gil Roësset

Este jueves: escribir sobre las mujeres que rompieron con lo establecido, llevaron pantalones, se cortaban el pelo y no quisieron ser el florero de sus hogares. De la lista de esas luchadoras injustamente olvidadas mi elección fue: Margarita Gil Roësset.

Madrid de 1908
Nació mujer para trascender las utopías de la vida, sin importar en la época retrógrada que brevemente viviría. Pasaron los años, y cual mariposa, la doncella se fue transmutando de niña a mujer, y dando vida a través de sus manos a bocetos con pincel, y lascas con cincel. En cada alborada su carita serena refulgía con su talento precoz, trabajando arduamente sin importar las horas del reloj.

La nostalgia y la tristeza se ven reflejadas en sus figuras lánguidas y mórbidas, - ¿Sería la suya propia? - donde plasmaba la soledad infantil para cuentos ilustrados. Las creaciones más reconocidas se encuentran en las obras: “El niño de oro”, “Canciones de niños” y “Rose des Bois”, esta última, según cuenta la historia, son tan parecidas con el libro “El principito” que el mundo cree Saint-Exupery las imito. Un día, quizá presintiendo su corta vida, quiso explorar otro de sus talentos, y enseguida puso sus manos incansables a esculpir la angustia humana y su dolor en madera, granito y escayola.

Así que, en esa nueva etapa, abandona la delicadeza femenina y con devoción se aventura en el arte de la escultura, sin importarle su agitado y duro trabajo. Otro triunfo que eclipsó y sorprendió a los a expertos y críticos de la época, y donde demostró no solamente su "otro" talento, sino también lo que pueden hacer las manos frágiles de una mujer. De ahí, dio luz a su obra más apreciada y notable, “Adán y Eva” y el resto de sus esculturas, “Para toda la vida”, “La mujer del ahorcado”, “Eva y sus niños" entre muchas más. Después de todos estos logros, y ser admitida a la Exposición Nacional de Bellas Artes, nadie hizo alusión a su trabajo, ni tan siquiera un Luis Buñuel, Salvador Dalí, ni el mismo Juan Ramón al cual admiraba y enamoraba con líricas, frutas, rosas y cintas de colores.

- ¡Oh pobre adolescente en etapa idílica! -
Cuán ligero volaron tus días. La niña bella y educada ignoró, que el amor es solo un ídolo que el iluso venera, y que su viento céfiro solo alborota la quimera. - ¿Valió la pena morir por amor? - ¡Que tenían las canas plateadas que adornaban la coronilla de ese viejo seductor! -

Su final se cerró indeleble, un vapor analgésico y su encantamiento reinaron sobre la cresta de aquella noche. Los tentáculos del rechazo y la desesperación firmaron su sentencia, y frente a ella la muerte, su única testigo, que a su señal hizo resonar un tambor para anunciar la despedida. Desde entonces, vuela sempiterna en busca de aquel que la deslumbró y la apagó en la cúspide de su florida vida.
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