Medicina y sus Profesionales: Médicos sin Fronteras

!Se acabo doctor! es la ultima operación del dia. - dijo Ratza, mientras quitaba la mascarilla de su cara.  - Muy bien. - contestó, con voz lacónica, cansada.

El cirujano salió por la puerta trasera aun con su uniforme verde esmeralda, y se detuvo por la arboleda seca, mirando hacia la planicie. El crepúsculo había proyectado ya sus sombras, y en el horizonte asomaba la luna perlada en la región de Panzi.  Tras él, quedo la paciente, acostada, vestida de blanco como una paloma en la cama del quirófano. Por su tez de ébano gotas cristalinas de sudor rodaban por su cabello, repartido en un sin fin de trencitas que adornaban su cara infantil.


Media hora después, Ratza fue en busca de él, sabia que lo encontraría en el mismo lugar habitual. - !Vamos! la cena está servida, y los compañeros, lo están esperando. - dijo sonriente. - No, ve tu. Me temo que esta noche no podré cenar con ustedes. - respondió en voz baja.  - Como quiera. - le respondio alejandose pensativa. En esa madrugada el Congo se debatió entre torrentes de agua, gritos y balas dispersas. El viejo edificio que albergaba el preoperatorio y el quirófano fue atacado por un grupo de milicia dejando a su paso horror y destrucción.

En su más profundo sueño unos golpes inquietantes lo despertaron, enseguida no vaciló para tomar el machete que tenia a la mano.  - !Doctor... doctor...! vociferó Ratza en pánico tras la puerta. - se apresuro a abrir. - !La milicia esta saqueando las medicinas ! - continuo diciendo parada frente a él. En segundos una rafaga de balas impacto el cuerpo de la mujer, la cual como escudo lo protegió de una muerte segura.  Ipso facto, entre el caos del lugar, un escuadrón del ejército cayó de sorpresa matando al hombre que enardecido disparaba por doquier.

El doctor nunca se repuso de la muerte de su ayudante y amiga incondicional.  Aunque llevaba años rodeado del olor a desinfectante, de pinzas, vasijas, tubos llenos de sangre,  abrazando la pobreza y dolor, nunca pudo ser capaz de controlar sus emociones. Su corazón estaba henchido de empatía por sus semejantes.  Era un humanista primigenio, con cuarenta años ejerciendo la medicina, diez de los cuales había dedicado su servicio a un país lleno de injusticias y pobreza.

En honor a todos los médicos y su personal va dedicado este relato, que de una forma u otra me hace reflexionar que: para bien de la humanidad, aun existen personas de este calibre que con empeño y decisión, disfrutan en su vida a plenitud todo aquello que aman hacer con devoción, sin importar los riesgos implicados. Son un gran ejemplo a seguir.
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