Un Jueves de Luto: Escaparelas de luto.

Este jueves: escribir relatos que se vistan de negro, de luto.
Verenice baño el cuerpo exánime de su esposo con jabón de uva roja, y le unto aceites aromáticos, enseguida lo vistió con mucha delicadeza con el traje que ella misma le confeccionó para su partida sin retorno. Después durmió abrazada a su pálido y frío cuerpo como piedra de alabastro, viendo su sonrisa leve y serena durante el velatorio. Desde ahí, su cambio fue radical, ya no fue la misma persona. Dejó de sonreír, y la vida se le tornó hostil.   
Al paso del tiempo se le desarrolló un fetiche por la piel de difunto. Todas las noches iba en busca de tumbas frescas para extraer los cadáveres, y llevarlos a su casa. Allí, bajo las luces mortecinas de las velas, les quitaba la piel con mucha dedicación y destreza, después los devolvía a su sepultura. Duraba semanas bañando los retazos con ciertos químicos, conservantes y germicidas para poder darles uso.  
Una noche de soledad y pesadumbre, se le vino una idea muy tétrica. Era una modista muy diligente, y como tal, al siguiente día comenzó a diseñar y confeccionar su propia lencería con la piel que había colectado. Después de varios meses trabajando sin descanso, coleccionó más de doscientas unidades, las cuales bautizo: Escaparelas de luto. Un sueño inmortal hecho realidad, en memoria a su esposo.  
Todo estaba saliendo de maravilla, hasta que una noche de lluvia, con truenos y centellas decidió ponerse un mini vestido fetiche pegado a la piel, para sentir la textura que había adquirido, después del color negro aplicado. Se desvistió y con sumo placer colocó el suave y sexy atavío sobre su cálido cuerpo, arreglo los tirantes sobre los hombros y ajustó bien las copas sobre sus pechos. Se vio frente al espejo, el resultado, un look espléndido y sensual con un olor peculiar que la hizo sentir morbosa.  
De repente, gimió cuando sintió el vestido oprimido, suave y deliciosamente apretando sus curvas. Un rubor apareció en sus mejillas, la respiración comenzó a entrecortarse, hasta dejarla casi sin respiración. Un pánico gélido se apoderó de su piel, quizo quitárselo, pero la prenda quedó pegada a su tembloroso cuerpo; apretando, y encogiéndose aceleradamente hasta que resquebrajó cada hueso de su ser. 
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