Crónicas de Serendipity

—¡Suéltame! masculló—, una desafiante Grimalkina.

—Sigue moviéndote y la malla te exprimirá como un limón —dijo restándole importancia a sus palabras.


Skamfar era el único hijo de la relación entre un íncubo y una mujer noble. La combinación de sus linajes paternos convirtió a Pytar en un demonio azul. Razón por la cual, poseía un medallón mágico cuya procedencia exacta era un misterio, y que le ayudaba a controlar su furia cuando así lo deseara. Se conocieron un día lluvioso, cuando el pequeño Überiems se había extraviado, y se refugiaba de la lluvia a la entrada de una caverna. Desde ese dia se hicieron grandes amigos. Überiems le contaba historias de las guerras de Serendipity y sus caballeros Dorados, eso lo llevó a obsesionarse con la idea de convertirse en un héroe de la superficie terrestre.


—Pytar de Skamfar... —susurró Überiems al reconocerlo.


—Überiems —dijo Skamfar rozando su barba. —. Nos conocimos hace tantos siglos que hace mucho tiempo que olvidé cuándo sucedió, pero recuerdo que fuimos muy buenos amigos. Es lamentable lo que está pasando en el reino de los Fendley. Me entere que la Triada Kildare está en peligro. Así que pensé: ¿quién más podría ayudarlos? Y acá estoy. Vengo a hacerles una propuesta. Les ayudaré a derrotar a Antártika, cuidaré de ustedes y, juntos, gobernaremos Serendipity —.


La mirada de Grimalkina se posó en las varoniles facciones del demonio. La ropa brillante, bordada con todo tipo de símbolos extraños, le resultó tan insólito como fascinante. Recordó cómo solía observar a los súcubus del inframundo, con una mezcla de odio y temor, pues eran unos personajes rudos y violentos. Pytar apestaba a peligro, a demonio sin moral y sin reglas. También contempló el septagrama del medallón que brillaba sobre aquél pecho azulado. Un presentimiento golpeó a la bruja como una bofetada. Pytar de Skamfar podría impedir que su magnífico plan se llevase a cabo. Un plan para acabar de una vez con la Triada Kildare, con el ejército de Antártika, y con todos los aliados de Serendipity. Un plan que le dejaba el camino libre para hacerse dueña de todas las tierras conocidas y crear un imperio que, en honor a su padre se llamaría Hadriam.


Grimalkina no dio tiempo a que los Druidas respondieran y estalló en una estridente carcajada.


—¡Menudo estúpido idiota! ¡Nadie permitirá que cruces los portales de Serendipity! —rugió.


Pytar se acercó a ellos, que estaban encadenados a las argollas de su magia; habían sufrido una espectacular transformación: ahora eran prisioneros.

—¡Maldito demonio, no te atrevas a hacernos daño! —bramó, Grimalkina.

—Silencio, bruja, o conseguirás enfadarme —, ¡Notkim! —gritó pronunciando la palabra que activaba la magia de su medallón. Grimalkina dio un grito, y fue a aterrizar en medio de un asfixiante montículo de cenizas, mientras una nube de polvo gris se elevaba a su alrededor. Su voz era muy chillona, lo desquiciaba más allá de sus límites. Además, ¡Se atrevía a desafiarlo! Lo cual lo desconcertaba, y ahí estaba el misterio, él nunca se dejaba afectar por las amenazas. Su arrogancia no era tal en presencia de aquella pequeña arpía.


Él levantó las cejas, sus ojos de fuego resplandecieron.


Una mirada retadora cruzó su misterioso rostro, enmarcado por su cabello tan negro como la obsidiana, con rastas que le llegaban a mitad de espalda y recogidas con una cinta negra. Skamfar la miró intrigado por su aspecto y le hizo preguntarse, ¿sería una bruja original Lancashire?. Recordó que la bruja mayor de las Lancashire y sus cómplices hechizaban a los pueblerinos y se los comian vivos en sus cultos satánicos y celebraciones diabólicas, fueron odiadas por su crueldad despiadada, pero una turba de guerreros, las asesinaron y quemaron sus cuerpos. Pero no era el momento de ese tipo de observaciones.


La hechicera giró la cara para mirarle fijamente. 

—¡Jamás tendrás la Escarlata de Fuego! —exclamó.

¿Y quién lo impedirá? —replicó.

Mientras discutían, en una fracción de segundo, Velitius vio una mujer decrépita a la vista por el espacio cavernoso. Era alta delgada, estaba muy encorvada. Colgando de su espalda había una pesada capa tejida en piel de zorro.


Ella lo miró a los ojos.

Skamfar alzó una mano, advirtiendo a la Triada que se echara atrás. Su medallón se encendio, anunciando peligro.  —¿Quién eres? —preguntó.

—Es la Reina de las brujas Rojas de Lancashire — dijo Abäk.

La bruja puso sus ojos en blanco y se rió mostrando los dientes. —El druida no se equivoca.


La hechicera dirigió la palma de una mano hacia el suelo, con los dedos separados. Un remolino empezó a brillar, y la energía se elevó del suelo en orbes brillantes que flotarón en el aire.

—Lanzar hechizos no me impresiona, puedo romperte el cuello antes de que alces un dedo para enviarlo.

La bruja con una sonrisa malvada dijo:

—Ahora, ¿quién ha dicho que yo sería la que lo haría?

Skamfar escuchó un agudo zumbido tras él, pero se giró sólo a tiempo para ver dos gigantes sombras extendiéndose hacia él con la velocidad del rayo. Grandes brazos se envolvieron a su alrededor con manos gigantes. Él luchó, pero era inútil. Una serpiente negra se coloco alrededor de su cuello y mantuvo quieta su cabeza.


Pytar de Skamfar se convirtió en un trofeo sólo a un par de pies de distancia de la Triada Kildare. Ocurrió en segundos. ¿Cómo podía la bruja haberse movido tan rápido? Überiems imprecionado, miró a la bruja, pero ella sólo levitaba en silencio, mirándole con una vaga molestia.

—¿Tú eres el siguiente, entonces? —murmuró ella.

—Yo… espero que no —respondió, el viejo Überiems.




¡Gracias por leer! ¡Hasta la próxima entrada!
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