Crónicas de Serendipity

La gárgola

―Estoy tan hambrienta que ustedes tres no serán suficientes. ―enunció la voz en la penumbra. 

 

Los equinos de pronto comenzaron a agitarse y ponerse nerviosos.

—¡Garth, controla los caballos! —exclamó, su hermano. 

 

Poco después, pudieron ver su tez pálida, sus ojos, gemas de un verde limón se abrieron; su cabello flotaba como un largo resplandor y sus enormes alas aparecieron tras ella, en una nebulosa de plasma espectral. 

 

El elfo rosáceo gesticuló empujando con las manos. —¡Atrás, atrás! 

—¡Cuidado, Usküdar!  —gritó uno de los gemelos. 

Pero fue demasiado tarde, corrió a tal velocidad que en segundos, espada y garras hicieron contacto en el aire con chispas volando por todas partes.El acero voló por los aires y una de sus zarpas se incrustro a la altura de una pierna. Un fuerte dolor se apoderó de su cuerpo, anteponiéndose al dolor irguió la cabeza al instante. 

 

Zarth no vaciló y le lanzó otra espada. La horrorosa bestia arremetió contra ambos, arrojándole un aliento de gas blanquecino. Pero Usküdar ágilmente se agachó y le hizo un corte en el estómago, intentando no acercarse a las garras de la criatura. El gemelo pelirrojo colgando de su brazo y le rebanó un pedazo de una de sus enormes alas, intentado desestabilizarla. 


El largo surco que tenía la gárgola en el estómago empezó a cerrarse. 


—¡En el cerebro! —gritó. ―!Es la unica manera de matarla!


Ella enfurecida se volvió contra Zarth y quiso levantarlo por encima de su cabeza. Con la velocidad de un relámpago, el elfo dio un salto, sujetó el frío mango y empujó la espada en la carne gruesa y nervuda. Ella arqueó la espalda con el ataque. La gárgola le mostró los colmillos y las garras extendidas con un gruñido desafiante, y se lanzó con sus patas traseras sobre él. Usküdar se inclinó hacia atrás, justo a tiempo. Las garras puntiagudas se cerraron en el aire al lado de su cuello, acto seguido, asestó una rápida estocada hacia arriba y alcanzó de un golpe certero herir la cabeza.


La bestia dio un lastimero aullido, y cayó fulminada encima de él. Luego se ladeó, cogió  la espada y la separó de la masa encefálica. Una neblina de carbón se arremolinaba en un vértice alrededor del cuerpo de la gárgola, luego se alzó y se escabulló por una pequeña grieta en la pared. 


—¡Estamos ilesos! —exclamó, limpiando la sangre de la pierna.  — Alguien nos está protegiendo. 

—Seguro que sí, pero eso no quita el mérito a lo que has hecho. —declaró Garth. 

—¡Odio matar animales. —masculló.

—Fue en defensa propia. —comentó Garth.

—Yo voy a tener pesadillas por años, recuerda mis palabras. 

—¿Cómo está tu herida? —preguntó el pelirrojo, mientras reunía a los caballos. 

—Se está regenerando. Solo fue un rasguño. 

—Quizás deberíamos continuar. — sugirió Zarth. —Creo que la gárgola me espantó el sueño. 

—Sí, yo también estoy de acuerdo. —asintió Garth.  


—Vamos, ni una palabra más. - dijo el elfo, cortando la conversación. — Ensillen los caballos. Nos vamos. 


Faltaba poco por amanecer. El frío era atroz, hasta el punto de arrebatar el aliento. El viento del norte, cuando soplaba, lo hacía con agresividad. Antes de subir a su caballo, el elfo miró la Libélula Flamígera. Su fiel protectora continuó señalando la ruta que debía seguir: El suroeste. 


Frente a ellos el horizonte se iba haciendo más denso, hasta el momento en que entraron a una tormenta leve de granizo que calaba en sus rostros. Así, cabalgaron durante horas, por las imponentes montañas, que temblaban bajo el casco de los caballos. Más adelante se toparon con sangre, restos de vísceras, trozos de carne humana desgarrada. Los ojos amarillos bajo la capucha del elfo observaron la masacre. «Esto no luce bien. Nada bien.» pensó.


—Oh por Dios, ¿acaso serán bestias? 

—Tal vez sea algo peor. —comentó Garth.


El elfo los miró, desconcertado. Se había sentido turbado por ciertas huellas que había visto sobre la nieve. Se trataba de las acostumbradas pisadas dejadas en invierno por los corceles élficos. 


Un tropel de preguntas llegaron en desorden a la mente de Usküdar. 

—Tal vez deberíamos de cambiar de rumbo. —sugirió Garth. 


Usküdar negó con la cabeza, aunque se le notaba preocupado. Habían avanzado hasta la cordillera del dragón Svartál, y se encontraron en el reino de los Ljökálfar, una raza de elfos azules feroces.


—Debemos darnos prisa; estamos en peligro. — dijo. Los gemelos afirmaron y se pusieron en marcha con rapidez. 


Unas decenas de metros más allá, el rosáceo elfo se detuvo un instante al percibir el eco de un tremendo estruendo metálico en la lejanía. Se salieron del camino y entraron a un valle cubierto de una nieve fresca y virgen, todo extrañamente radiante, inmutable y silencioso.




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