ʀɛȶօ ʟɨȶɛʀʊք

En un hermoso atardecer, escuchaba un playback con tal concentración que logré olvidarme de mi entorno. Solo existía la música. Solamente quería disfrutar de la sensación que me producía esa melodía. Quizá encontraría en su lírica algo de paz, y me recosté en el sofá.

  

Miro cada movimiento de este ajedrez,

juegan dos amantes sin temor

ni represión,

entrando y saliendo de un lugar secreto están,

lentamente dan la vuelta

para susurrarse así

Toma mi aliento...

Take my breath away.


Después de media hora, agarré el Ipad. Mecánicamente abrí el Wordpad y leí:


Manhattan, NY. a 11 de septiembre de 2001

Saiyan, se me hace un nudo en la garganta y mis palabras juegan a esconderse, pues te he fallado, no he podido continuar la promesa de unir mi vida con la tuya para que hagamos el viaje juntos en esta travesía. ¿A partir de ahora mismo qué me queda? Un absurdo y firme sentimiento de culpa, un remordimiento cruel por lo hecho y por lo que no hice...


No sé en qué momento comencé a desconectarme, ni tampoco cómo ha ido sucediendo esta lenta despedida. Me he quedado tantas cosas por hacer, tantas cosas sin decirte… Lo cierto es que no me arrepiento de haberte conocido, ni de lo dicho, ni de lo sentido. Pues contigo he vivido momentos únicos y hemos hecho cosas extraordinarias.


Aunque esta sea una carta de despedida, yo no lo considero, porque creo que decirte adiós para mí es algo imposible. Seguirás ahí, aquí dentro y de otras muchas formas, porque te seguiré amando y será imposible borrar tus huellas en mi corazón...


Me gustaria decirte en persona cuanto te quise, te quiero y te querré...sin importar el tiempo y la distancia.


—¡Grrrr...! —Mi  dedo presionó el botón para guardar el documento redactado, me levanté del sofá y me dirigí al dormitorio.


El celular sonó antes de que llegara a las escaleras. Dude un instante pero contesté. Era la voz peculiar de mi amado Saiyan.

—¿Qué decidiste?

—Me voy. 

—¿Qué?... — Hubo un momento de confusión.

—Me dieron el trabajo en Japón. 

—¿Japón? Por Dios,Yiskah.

—En dos semanas. 

—¿Tan rápido? Pero tú dijiste que lo pensarías.

—Lo sé. Ya está decidido. 

—Eso demuestra lo mucho que me amas, ¿No crees?


No encontraba palabras, rebusqué algo para decir. ¿Cómo hacer para responder a esa pregunta? Un silencio se apoderó del otro lado del auricular, hasta que no brotaron más palabras. Entré al dormitorio y cerré a mi espalda la puerta, con un sonido quedo que pareció atronador dentro de la soledad de mi aposento. “No había nada más que pudiéramos hacer”. 






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