La espía que me odió 2:

Hardbuck Smart enfoca todas sus fuerzas a un único propósito: Atrapar al asesino del famoso socialité Steven Mackelly.

Hardbuck Smart se frotó la mandíbula, teniendo en cuenta la teoría de Monkin Donnas. ¿Que clase de homicidio era ese? ¿Revancha? ¿Acaso justicia? Seguramente un cocktel de ambas.  


—Iniciemos con algo interesante. — dijo a Donnas. —Consigue dos entradas a la función Carnaval en el cabaret Moulin Rouge.  —ordenó, con aire meditabundo.

—¿En serio? !Caracolas, qué emoción! Al fin veré el tórax desnudo de Chuning Tutum. — contestó, con una enorme sonrisa fresa. 


El detective rodó los ojos. Su gesto fue de absoluta seriedad. Acto seguido, dejó que su brigada resumiera la escena del crimen, y salió en busca de otros escrutinios. 


—Nos vemos esta noche en el despacho.  —le dijo en voz baja.


Smart se dirigió a su coche, y justo al tocar el botón del control un sujeto surgió y lo amenazó con un revólver por la espalda.


—¡Camina¡ —demandó. 

—¡Tranquilo¡ Haré lo que dices. Odio la violencia.  —objeto, serenamente.


De súbito, en un descuido del asaltante le soltó un codazo que colisionó en la barbilla, haciéndole girar violentamente hacia la izquierda. En el forcejeo un tiro salió del arma, enseguida, Smart le descargó un fuerte derechazo que lo lanzó al suelo, instantes que logró dar un giro de muñeca y quitarle el arma. El sujeto viéndose vencido se levantó y se dio a la fuga.


El detective recogió las llaves y subió al automóvil. Smart manejó sobre la carretera sumergido en sus innatos raciocinios. Enseguida, esa intuición otorgada de tanta experiencia lo hizo cambiar de carril y salió rumbo a la residencia de la reconocida y exótica modelo. 


Vicktorina Sikret estaba almorzando con Otto, su agente, cuando el mayordomo le avisó que tenia visita. Ella lo fue a recibir y lo invitó a entrar. Una invitación que desató un intenso olor a contingencia, el cual, Smart estaba acostumbrado a eludir sagazmente.


—Hardbucks Smart. Investigador de homicidios. — se presentó.  

¡Pero qué maravilla! — exclamó Vicktorina. ¡Mr. Smart!


En efecto, se trataba del famoso Hardbucks Smart cuyo renombre como detective se había extendido por todo el mundo. Con gesto amable le señaló una mesa en la que había varias botellas.


—Gracias— dijo Smart hundiéndose en el sofá. —¿No tiene usted agua de rosas? No, creo que no. Entonces un poco de agua mineral sola, sin vodka. 


—¿A qué debo el honor de su visita? — pregunto Vicktorina sin lograr ocultar su sorpresa. 

—Estoy investigando el asesinato de Steven Mackelly. ¿Lo conocía usted?

Lo conocí en Beverly Hills.

¿Puede comprobar dónde estuvo el sábado por la noche?

—¿Qué? ¿Soy sospechosa?

—Salvo que tenga una coartada sólida. Si no, no tiene buena pinta.  —dijo, y sonrió con sarcasmo.

—Veo que tiene sentido del humor —replicó. Fui a una subasta benéfica por Siria. 

—Se refiere a la subasta de los cuadros Damasco.

—Esa misma. Puede preguntarle a la organización. —dijo, muy segura de si misma.


Smart la miró fijamente.


 —Dígame, Srta. Sikret: ¿por qué visitó a Steven Mackelly un día anterior a su muerte? El corazón le comenzó a bombear sangre rápidamente, mientras consideraba aquella pregunta.


—Hace muchos años fuimos socios de un restaurante bar. Ese día me citó para charlar si al fin íbamos a abrir uno nuevo, en el corazón de un acantilado en el borde de la hermosa playa de Phranang.


No fue así, mintió. 

En su tierra natal, nadie sabía su secreto. De día le ayudaba en la floristeria a su madre, pero por la noche se transformaba en Matrioska, la bailarina de ballet exótica más excitante de San Petersburgo, la stripper de la máscara de terciopelo que volvía locos a los hombres con sus contorsiones de danza clásica. Diez años más tarde en París consiguió trabajo de modelo en lencería, y a la vez, ser la mejor escort de lujo para los Mackelly.


—U
na magnífica propuesta. Asumo que usted la acepto. 
—Pues asumió mal. Mr. Mackelly era muy violento y complicado, Hubiese sido un error.
Caramba, ¿por qué lo dice?
—Es una historia muy larga, Mr. Smart. Lo siento, pero tengo una cita a las once en punto.

El inspector esbozó una ligera sonrisa mientras se incorporaba y se dirigía de nuevo hacia la puerta. La conversación había concluido. 




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